
Llegué a esta ciudad con un puñado de penas en la mano, algunos sueños lejanos en mi pecho y otras dudas bastante importantes en mi cabeza. Pasaron los días y fueron pasando las experiencias. Muchas de ellas muy malas, otras muy buenas. Punto medio, ninguno. No existió el punto medio aquí en México. Nada de grises, todo blanco y todo negro. Ahora que llega el momento de terminar de trabajar y decirle adiós a esta ciudad que tanto odie en un comienzo, me paro frente a todo el mundo y digo “me quedo”. Me quedo a conocerla más. Me quedo a recorrerla. Me quedo a conocer su gente. Me quedo a conocer sus famosas playas. Me quedo a enamorarme aún más. Me quedo a que todo lo negro del pasado se convierta en colores brillantes que me hagan bailar, gritar, reír y llorar de alegría.























