Te amo. Te como. Te miro. Te huelo. Me mata. Te escucho. Te
peleo. Me duele. Te extraño. Te escribo.
Me abro. Te deseo. Te respiro. Te toco. Te siento. Me encanta. Me río. Te divierte. Te hablo. Me
encierro. Me ofusco. Te odio. Te entiendo. Te mimo. Te bebo. Te pienso. Te
idealizo. Me frustro. Me despierto. Te entiendo. Te espero. Me alejo. Te amo.
miércoles, 27 de marzo de 2013
lunes, 18 de marzo de 2013
Desintoxicación
Es una muy buena etapa. No paro de llorar. No paro de estar
aflorada. Enamorada y contenta por dicho estado. Pero también estoy muy
despierta. Estar despierta me significa conectarme con lo bueno y lo malo que
tengo adentro. Desilusiones que quedaron impregnadas en mi como garrapatas.
Dolores de otros de los cuales me hice cargo por inexperta o quizás sólo por el
simple hecho de ser humana. Tengo tantas cosas superadas y tantas miles de otras por
superar.
¿Por qué nos cuesta tanto desintoxicarnos? Quitarnos de
adentro todo eso que quisieron hacer (sin quererlo) con nosotros. Todas esas
frustraciones, deseos no cumplidos de otros que quedan adentro nuestro como
propios. Nos confunden, nos marean, nos ponen inseguros, nos alejan del mundo
exterior muchas veces. ¿Cómo hacer para salir de ahí sanamente? Sin lastimar a
los que queremos, sin enojarnos con el mundo, sin enojarnos con la vida que nos
dio esto para vivir.
Así estoy en estos días, despierta, radiante, y enojada con
muchas cosas del pasado. Haciendo consciente miedos ajenos, aceptando los míos
propios y soltándolos. Dejándolos ir como puedo. Intentando construir algo mío,
algo nuestro de una manera nueva. De una manera más real. Más compleja y menos
anestesiada.
miércoles, 13 de marzo de 2013
Cambio de piel
Soy como una serpiente que cambia la piel. Víbora, me dirán mis enemigos a quienes no conozco. Desde que tengo uso de razón voy siendo varias Julianas. La vida me va llevando por algunos caminos, y otros soy yo la que los elije. Y entre caminando y viviendo voy cambiando de piel.
Al principio era una adolescente despreocupada y feliz. Sólo
me importaba pasarla bien con mis amigas. Todavía no sabía lo que era la
amistad entre el hombre y la mujer. Me la pasaba en esa piel de despedida de niña,
donde todo eran risas y divertimento.
Después me alejé un poco de mis amigas de toda la vida.
Conocí otra gente, otras cabezas sobre todo. Ahí me puse la piel de la chica
profunda y dejada físicamente. Todo eran charlas profundas, autodescubrimiento,
descubrimiento de los grandes dolores de los seres humanos. Ahí dejé de creer
en el amor para toda la vida. Empecé a creer en otras cosas. En la amistad, en
estar despierto, en la duda, en replantearme todos mis actos automáticos. Ahí
la pasé mal y bien. Esa piel era mucho más fina, más sensible. Las charlas de
esas épocas eran reveladoras. Los maestros son inolvidables. La filosofía de
vida que aprendí en esa etapa me acompaña hasta el día de hoy. Hubo diversión
con esa piel, pero no era cien por ciento relajada, porque yo todavía estaba
buscando cuál era mi verdadera piel.
Pasaron esos años de teatro, noches bohemias, charlas sobre
cómo cambiar el mundo, cómo cambiar todo lo que habían hecho con nosotros.
Luego llegué a la piel trasparente, vacía. Estaba cubierta
de algo que nunca supe bien qué era. Era la previa de algo importante, pero en
ese momento no lo sabía. En esa etapa cambié mucho. Mucho. Dejé un trabajo
exitoso casi sin pensarlo. No me arrepiento, pero hoy, con otra piel, lo
hubiera hecho de manera distinta. Sufrí, me sentí sola en mi salto al vacío. A
los golpes tuve que protegerme, cambiar. Mi piel se puso más agradable para
algunos. Me amigué con quien era yo por fuera y salí a la vida a mostrarme
frívolamente. Me sirvió creo que tres días. Después empecé a sentir que yo no
era esa. Nunca me sentí tan afuera de mi misma como en esa etapa. Era una
pantomima de Juliana. Una juliana que me salía muy bien pero que yo sabía que
no quería ser. Era la empresaria, la ambiciosa de crecimiento, la que buscaba
profesores empresariales más que amor.
Esa piel me duró poco, por suerte; aunque hoy no sería quien
soy si no hubiera pasado por ese lugar. En ese momento me volví más terrenal,
más concreta, desarrollé por primera vez mi sentido común al cien por ciento.
Causa-efecto. Causa-efecto. Causa-efecto. Abandoné mi profundidad a cambio de la
tierra concreta. Y un día esa tierra se convirtió en barro. Me miré al espejo y
me vi preciosa, pero llena de barro, sucia y, sobre todo, con una piel que no
me pertenecía. Me la arranqué como pude.
A mis anteriores
pieles las había cambiado progresiva y naturalmente, casi sin pensarlo
ni decidirlo y evolucionando de a poco. Esta piel de la que hablo tuve que
arrancármela dejando sangrantes varias partes de mi ser. Quedé en carne viva
por unos meses, sin poder salir a la calle por miedo a todo y a todos. Ahí,
como pude, me puse una piel protectora, dura, seca y a prueba de dolores. Hoy sigo
sin poder sacarme del todo esa cáscara que armé.
Hace un año quedé por primera vez desnuda ante la vida.
Maravilloso, pensaría yo si hablara otro. Desnuda ante el mundo con una mierda
ante mis ojos del tamaño de todo el universo (así lo sentí en ese momento).
Lo irreversible, la enfermedad, la inocencia interrumpida,
el dolor físico ajeno, la impotencia, la soledad. Desnuda y lúcida, viví esa
etapa como pude. Aprendiendo de los otros, cambiando mis prioridades, despreocupándome
por todas las miles de cosas que habían gastado horas de mi vida en vano.
Aprendiendo a vivir con algo nuevo. Esa etapa pasó, o me acostumbré a ella. Siempre
leía una frase sin sentirla: “uno se
acostumbra a las cosas más terribles de la vida”. Nunca la entendí hasta
ese momento. Uno se acostumbra. Uno aprende a vivir una vida nueva. Uno empieza
de nuevo, con toda la experiencia a cuestas, y con esa “cosita” nueva en su
vida.
Y ahí seguí, viviendo desnuda, hasta que pude. Me tuve que
armar de nuevo. Inventarme una piel. O ponerme la mía personal que tenía
guardada en el placard desde vaya a saber cuándo. Pero un día la encontré, y por
primera vez en mi vida, me comencé a rearmar, una vez más pero esta vez
pensando poco y nada en los otros. Yo era ésta y ésta era mi piel. Eso generó -y
sigue generando- problemas con los otros. Los seres queridos y los no tanto.
Ser un poco espontanea, un poco controlada, un poco sana, un
poco insana, un poco comunicadora, otro poco introspectiva, un poco linda y un
poco fea, un poco segura y un poco insegura; eso no le gusta a nadie. La gente,
los otros que nos rodean, quieren casi siempre cosas más simples, más lineales
y normales, más decodificables fácilmente. Pero esa no soy yo, esa no es mi
piel. Algunos, poquitos en este mundo, lo saben, me aceptan y me quieren así.
Algunos otros me están conociendo y se asustan. Yo también me asusto de las
oscuridades y paradojas de los otros. Pero ahí andamos. Cada uno con su piel,
impuesta, puesta, cambiada, evolucionada o no. Pero todos estamos en este mismo
juego, el juego de vivir.
lunes, 11 de marzo de 2013
¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?
El otro día alguien hizo esa pregunta. Al principio me
pareció una pregunta más de esas que están de moda en estos días, intentando
despertar lo indespertable. Después empecé a pensar un poco y caí en la cuenta
que hacía mucho que no hacía algo nuevo. Me gustan los cambios, me gustan las
cosas nuevas, me gusta probar, me gusta volver a elegir lo que elijo, me gusta
dudar de lo que elijo y sin embargo, esa pregunta me llevó a una respuesta que
tiene quizás varios meses o años.
Empecé a pensar en lo maravilloso de los niños. Que nacen y
desde el día uno, comienzan a hacer todas cosas nuevas. Todo por primera vez.
Son cientos de cosas que hacen todos los días por primera vez: respirar por sus
propios medios, llorar, mirar, tocar, alimentarse, hacer pis, hacer caca. Les
duele algo por primera vez en su vida, sufren por primera vez, disfrutan por
primera vez de algo. Sienten una caricia, un beso por primera vez en su vida. Tienen
insomnio por primera vez. Duermen placenteramente por primera vez. Los bebes
son grandes afortunados.
Todos fuimos un bebes llenos de cosas nuevas todos los días por vivir. Pero ahora somos unos semejantes grandulones y nos olvidamos muchas veces de que se siente hacer algo por primera vez.
Todos fuimos un bebes llenos de cosas nuevas todos los días por vivir. Pero ahora somos unos semejantes grandulones y nos olvidamos muchas veces de que se siente hacer algo por primera vez.
Pienso y re pienso que fue lo último que hice por primera
vez. Se me vienen a la mente cosas frívolas que hice este ultimo año por vez primera. Hurgo un poco y se me vienen cosas terribles y dolorosas que viví
por primera vez este último tiempo. Cuando a uno le hacen la pregunta ¿Cuándo
fue la última vez que hiciste algo por primera vez? Se vienen a la cabeza cosas
positivas ¿o no? Quizás sea porque yo estoy viviendo una etapa “positiva” de mi
vida. Pero ahora escribiendo esto pienso que quizás haciendo esa pregunta,
alguien puede responder: La ultima vez que viví algo nuevo en mi vida fue hace
un mes cuando alguien me partió el alma en mil pedazos, y nunca antes me había
pasado. Pensar en algo nuevo, no es
siempre algo bueno, lindo y placentero.
El otro día, mientras pensaba en la pregunta que este ser
(amado) había formulado, se me ocurría ponerme la meta de comprarme una
libretita y escribir todas las semanas algo nuevo que haya hecho. Tener ese
objetivo: hacer algo nuevo, por lo menos, una vez por semana. Mi objetivo no era
muy pretencioso, lo juro. Pensaba en probar alguna comida nueva, hablar con
alguien que antes nunca había querido hablar, mirar una película nueva, hacer
algo nuevo (con todo lo que eso implica), sentir algo nuevo (como si uno lo
decidiera). Y me arrepentí antes de ir a la librería a comprar el cuadernito
inocente. ¿Por qué me arrepentí? Se preguntará nadie a esta altura del texto.
Pero me arrepentí porque pensé que me iba a frustrar. Y a esta altura de la
vida hacer una cosa nueva por semana quizás sea mucho. Me encantaría decir lo
contrario, pero creo que es difícil.
Pero acá sigo pensando en aquella pregunta y con ganas de comprar el cuadernito de
las cosas nuevas. Quizás lo compre sin ponerme metas temporales. Sino tan sólo
anotar las cosas nuevas que luego de mis treinta y tres años haga de aquí en más. Sin duda
se me ocurren miles de cosas que quiero hacer nuevas. No se si los deseos y
sueños cuentan. Pero quizás a los deseos y sueños tenga que escribirlos en otra
libretita y luego ir comparando con la libretita de las cosas nuevas (Puff, frustrante, autoexigente, inutil).
Entre las cosas nuevas que quisiera hacer en mi presente/futuro cercano (soy muy realista y pegada a la tierra hoy) son:
Entre las cosas nuevas que quisiera hacer en mi presente/futuro cercano (soy muy realista y pegada a la tierra hoy) son:
-
viajar a un lugar desconocido
-
amar de una forma nueva
-
besar esa boca como si nunca antes la hubiera
besado
-
inventar un juego nuevo y jugarlo con mis
sobrinos
-
probar una textura nueva de comida
-
hablar de un tema que nunca hablé en mi vida
-
hacer algo espontaneo que nunca haya hecho
-
escribir en mi blog cuando esté feliz
-
decirle a mis hermanos que los quiero frente a
frente
-
correr un riesgo en el trabajo
-
pararme en un escenario a los treinta y tres
-
dejar de fumar en serio
-
escribir un libro
En fin, lo de plantar un árbol y
lo demás lo dejo para otra etapa de mi vida. No es ahora. Pero siento que la
pregunta es un buen punto de partida. Y ahí me quedo. Sólo con eso. Este es un
punto de partida hacia algo. Quizás sea bueno. Quizás sea malo. Quizás no sea ni
lo uno ni lo otro, y tan solo sea una pregunta que alguien se hizo porque sí. Pero hoy para mí, esta pregunta es un comienzo, es un punto de partida.
viernes, 1 de marzo de 2013
Maldito despertar
Ella se despierta como puede, con lo que le cuesta a las
seis de la mañana. El despertador fue el culpable de aquella interrupción
profunda y dañina. Está en una punta de la cama con lo cual no tiene que
estirarse mucho para apagar ese ruido maldito que le informa que otro día
empieza y hay que hacer muchas cosas para vivirlo. Se está preguntando que hace
en la punta de la cama, si ella bien sabe lo mucho que disfruta de estar
estirada en su cama o tirada arriba de otro ser. En el medio de la pregunta se
acuerda de anoche y del ser humano que yace inmóvil a su lado. Es su amante.
Pero no su amante porque ella o él tengan pareja, sino porque eso es lo que son: Amantes de a
ratos. Es una relación clandestina con ellos mismos. La mantienen oculta para
el resto y también para ellos mismos, supongo. Tienen prohibido enamorarse.
Prohibido decirse cosas amorosas. Prohibido sentir algo salvo cuando pasan esas
pocas horas juntos de noche, enroscados por un rato, amándose como pueden.
Mientras ella piensa todo esto que no quiere pensar, lo despierta. Despierta a
la morsa durmiente que ronca, bruxea y respira al lado suyo. Él, frío como
siempre por las mañanas. Es más amoroso despertarse con una amigo, con un
sobrino, con un “sex toy” (como si supiera que se siente), que despertarse al
lado de este hombre. Imagino despertándome con Rosario, la chica que limpia mi
casa de vez en cuando y supongo que se debe sentir lo mismo. “Rosario,
despertate”. Hasta quizás Rosario me pueda llegar a decir un “Buen día” de compromiso más amable
que este hombre. ¿Cómo se empieza un día así? Cuesta un huevo, un ovario y
todos los órganos juntos, pero ella lo intenta esas mañanas.
A pesar de todos estos pesares y frialdades ella reincide.
¿Porqué? Porque juega a estar sola, quizás. Porque juega a estar con alguien de
a ratos. Porque sabe que este hombre es solo un “mientras tanto”.
Pero es todo “bullshit” lo que escribo. Ella sabe bien
porque reincide. Porque como toda mujer o todo hombre que quiere a otro
ser de esta manera, espera aquel momento en que algo cambie y ese hombre al lado suyo se
despierte, la mire con una sonrisa y le diga “Hola, hola y hola”. Pero por
suerte quizás, por desgracia para los soñadores, esos momentos nunca llegan
cuando la relación ya ha tomado sus propios rumbos.
domingo, 13 de enero de 2013
Desahogo
No puedo escribir. Intento pensar en alguna frase
inspiradora y todo lo que se me viene a la cabeza no tiene nada que ver con
frases, palabras, ni maneras de escribirlo. Se me vienen sentimientos, dolores
internos, imágenes difíciles de describir ahora. Voy a tratar de pasar en limpio algo de lo que
siento. Pero está vez, como tantas otras será un sin fin de palabras unidas.
Aquí va mi intento de desahogo:
Llanto sin trabas. Amor sin momentos. Fiestas sin miradas.
Noches sin descanso. Música sin alma. Brindis sin sentidos. Besos sin futuro.
Celos sin razón. Lecturas sin profundidad. Viajes sin quererlos. Vacaciones sin
aparecer. Comida sin gusto. Repeticiones de lo mismo. Intentos de terminar con
algo y nunca poder. Intentos de empezar con algo y nunca poder. Diversión sin
limites. Deseos dispersos. Búsquedas en conjunto. Amigos amados. Amigos nuevos.
Amigos reencontrados. Teatro y más teatro. Ganas muchas de despertarme al lado
tuyo y ser feliz ahí. Ganas muchas de viajar. Ganas muchas de respirarte. Ganas
muchas de parar un poco. De reencontrarme con mis sentidos que no dejan de
estar acelerados. Ganas de respirar en paz. Ganas de compartir. Ganas de
entregarme. Deseos sin destinatario. Falta que no falta. Amor que no se toca,
no se huele, no se gusta, no se escucha y no se siente.
jueves, 3 de enero de 2013
Hic et nunc 2013
Indecisión. Amor. Deseitos. Deseo. Somnolencia. Lágrimas. Emoción.
Lectura. Aburrimiento. Cansancio. Amistad. Baile. Bebidas. Garganta. Viajes. Ganas.
Cama. Charlas. Conexión. Desconexión. Diversión. Noche. Mimos. Impaciencia. Autorreflexión.
Miedo. Muerte.
lunes, 31 de diciembre de 2012
Maldito balance rojo
Una de las metas de este año mío fue intentar ser más
simple. Con lo cual sin más preludio que estas palabras comienzo con mi balance
2012.
Lo malo
- La enfermedad.
- El desamor.
- Las necesidades.
- El ostracismo de la primera mitad del año.
- Mis dolores de panza.
- La desnudez de mi familia en los momentos críticos.
- Desconectarme del arte.
- Mi frialdad.
- La dureza.
- Mi falta de sueños.
Lo bueno
- La certeza de lo inevitable.
- La fortaleza de mi sobrina.
- La desnudez de mi familia.
- Mi hermana.
- El amor efímero.
- Bailar.
- La música que me toca.
- Aceptar a
los otros.
- Intentar aceptarme a mi.
- La luna.
- Abrirme sin prejuicios.
- La diversión de la última parte del año.
- El reencontrarme conmigo.
- El llanto liberador de fin de
año.
domingo, 2 de diciembre de 2012
Vuelo
Te subís a un avión. Te abrochas el cinturón. Te aseguras
que esté bien abrochado. Luego pasa la azafata chequeando que lo tengas puesto.
Te indican con una sonrisa que deberás hacer en caso de un accidente,
despresurización o caída al mar. No le prestas mucha atención.
El avión comienza a carretear. La inercia te hace pegarte al
asiento. Algunos sienten miedo, otros pánico, otros felicidad, como yo. De
golpe estas volando junto con los otros pasajeros y tripulantes. Todo empieza a
hacerse chiquito desde el aire. Los edificios, las calles, las luces empiezan a
convertirse en una enorme maqueta puesta ahí ante tus ojos. ¿Y vos que ves?
Todo lo que dejas. Los amigos, la familia, algún amor, tu casa, tu vida
cotidiana. Desde lejos todo se ve distinto, siempre. Para mejor o para peor.
Pero no hay duda que la distancia aclara algunas cuestiones. Desde lejos,
volando, vez tu mundo como a una maqueta, vez la globalidad de tu vida dejada
de lado por algunos días. Ves el cuadro completo de eso que estas dejando. Ya
no estas inmerso en ese ser cotidiano que sos todos los días al despertarte.
Ahora solo depende de vos que haces con eso que viste desde el cielo. Podes
cerrar los ojos y dormirte para hacer el viaje más corto. Podes entrar en
pánico y distraerte sintiéndote mal. O podes ver todo desde lejos y tomar
nuevas decisiones con eso que estas viendo. Es, quizás, una nueva posibilidad
de cambio. Es quizás un nuevo comienzo. Y ahí, cuando estas aterrizando unos
días más tarde a esa maqueta que se convertirá nuevamente en tu lugar, tus
edificios, tus calles, tus luces, tus amigos, tu familia, tu amor. Es ahí donde
podés cambiar algo, solo si querés. Sino mantendrás todo igual, como si nunca
hubieras volado. Como si nunca hubieras visto todo desde lejos. Como si nada
hubiera pasado entre ese que eras antes de despegar y este que regresa ahora.
domingo, 18 de noviembre de 2012
Somos cicatrices
Llega un momento en la vida en que algunas de las personas
que andamos dando vueltas por ahí tenemos una revelación. Ya hemos dejado de
ser personas hace tiempo y nos hemos convertido en una gran cicatriz.
Los años fueron pasando, los dolores, los errores y los
fracasos se fueron acumulando en nuestro cuerpo. Fueron quedando marcas
dispersas hasta que fueron tantas que un día nos convertirnos en una gran
cicatriz.
Todos nos preguntamos lo mismo: ¿Algún día volveremos a ser
personas? ¿Pueden desaparecer las cicatrices? ¿Volveremos a tener sensibilidad?
Todos sabemos que las heridas duelen, arden, queman. Sabemos
que con el tiempo toda herida empieza a secarse, cerrarse, pero ¿nunca se cura
del todo? Siempre queda esa marca como recordatorio de aquel dolor de
antaño. Será que queda ahí para que no
volvamos a equivocarnos. Son los rastros que deja el aprendizaje. Pero ¿qué
aprendimos?
Valientes son aquellos seres humanos que intentan acercarse
a nosotros a pesar de todo. Nos miran,
se acercan y nos abrazan. Sin esperar nada a cambio de está gran cicatriz en la
que nos hemos convertido. Sin esperar
que les devolvamos algo por esas caricias que ya no sentimos.
Y así estamos aquellos que dejamos de ser personas.
Intentando seguir moviéndonos como si fuéramos los normales que ya no somos.
Las heridas secas nos han quitado gran parte de nuestra movilidad natural. Pero
sin embargo, lo seguimos intentando, miramos al frente y avanzamos.
domingo, 21 de octubre de 2012
La felicidad es silenciosa
“El silencio de la felicidad como el de los órganos, es un
signo de salud.” Marc Augé
Me empieza a doler una muela. El dolor es paulatino. Va
creciendo día a día. Me quejo por momentos cuando tomo algo muy frio o muy
caliente. Cada vez se hace más presente la incomodidad. Es en esos días cuando
recuerdo lo bien que se vive sin tener un dolor. Es ahí cuando uno comienza a
hablar de las muelas, se queja, habla de ese dolor con los otros. Cuando ese dolor no existe uno no dice frases como “Uy, que bueno, acabo de tomar un
vaso de agua fría y no me duele nada.” Al bienestar físico no se lo nombra, sólo se lo vive en silencio.
Con la felicidad pasa algo parecido. A la felicidad no se la escribe, no se la
lee, no se la cuestiona, simplemente se la vive, se la disfruta. El punto culmine de libros, películas e
historias no son los momentos felices. Sino los otros. A la felicidad se la toca, se la siente, se la disfruta.
Y una vez que se esa felicidad se apaga, es cuando volvemos
a escribir y a hablar de lo mal que estamos porque ella se fue. Es en ese momento cuando todo lo frio y lo
caliente nos recuerda lo bien que estábamos antes de que ese dolor apareciera.
domingo, 14 de octubre de 2012
Ese momento entre ahora y mi muerte
Contrariamente a lo que dicen algunas teorías psicoanalíticas.
Contrariamente a lo que sienten algunos seres miedosos. Contrariamente a lo que
muestran las películas. Contrariamente a lo que me hizo sentir aquel vecino a
los 8 años cuando me contó que ella existía. Yo, tengo una relación positiva
con la muerte. Si hay algo que siento cada vez que tengo cerca a
la muerte, la pienso, la hablo es ganas de vivir esta vida mía.
Ya venía con una tendencia hacia esta relación amistosa con Ella desde chica. Se intensificó cuando fui a México. El día de los muertos y sus colores.
Las calaveras alegres, floreadas, llenas de adjetivos vivos, intensificaron
está manera de sentirla. Mi tendencia suicida es nula, con lo cual no es una
relación de amistad forjada por mi cercanía enferma hacia ella. Es que a mi ese agujero negó, esa nada inmensa
y eterna me aburre. ¿Miedo? No le tengo miedo a la muerte. Quizás en el futuro
las cosas cambien. Tengo muy en claro que soy finita, como todos los que me
rodean: todos. Miedo le tengo a la muerte en vida. Miedo le tengo a que se mueran los
que amo. Miedo le tengo a vivir sin amor. Miedo le tengo a perderme en mi
cabeza y no poder volver. Miedo le tengo a la ansiedad. Miedo le tengo al
aburrimiento. Miedo le tengo vivir dormida. Pero, ¿miedo a la muerte? No. Claro
que quisiera que mi encuentro con ella sea lo más lejos posible de estos días.
Pero cuando llegue, llegará y no puedo hacer mucho en contra de eso.
¿Estaré enferma? Eso me hacen creer algunas personas. Quienes
dicen que es imposible vivir sin tenerle miedo a la muerte. ¿Estaré negando algo?
Puede ser, pero no creo que esto, justamente. Tener mi casa decorada con
calaveras alegres, floridas, y rodeadas de vida significa mucho para mi.
Significa que cada vez que las veo hago consciente que me voy a convertir en polvo, en
nada, en algo indefinible algún día. Pero mientras tanto vivo, vivo y vivo. Y ese momento que separa este momento de ahora con el que finalmente caiga rendida a sus pies lo voy a aprovechar. Voy a inventar una y mil maneras de vivir. Voy a auto-criticarme mil veces. Voy a perdonarme. Voy a empezar de nuevo. Voy a seguir buscando. Voy a encontrar, a veces. Voy a reirme a carcajadas y llorar de la misma manera. Voy a aceptarme como soy. Voy a querer tanto a los que quiero. Voy a tratar de evolucionar. Voy a negar mandatos ajenos. Voy a escribir mal y bien. Voy a entregarme. Voy a saltar. Voy a confiar. Voy a sufrir mucho. Voy a abrir los ojos hasta que no pueda abrirlos más.
sábado, 29 de septiembre de 2012
La cosa tensa
Es una masa uniforme que se apodera de nuestros momentos, a
veces. Mi vida pasa por otro lado, pero
cuando él me busca, me encuentra casi siempre. Y ahí es donde las cosas
cambian. Mi vida empieza a girar en torno a ese
encuentro que tendremos en un rato. Me relajo. Trato de no pensar, de
matar cualquier expectativa presente o futura con ese hombre. Pienso que lo
logro, pero en el momento del encuentro todo se rompe. La cosa tensa se apodera
de nosotros. Y no digo solo de mí, porque sino que él también se pone tenso,
quien sabe porqué. Quizás sea mi estado el que se apodera de él también
impidiéndole ser espontaneo y relajado frente a mí.
Hace unos días descubrí que era el miedo lo que vuelve a las
personas tensas. Y como el miedo humano no se huele, él no puede olfatear el
mío. El sólo ve a una mujer tensa, dura, fría y lejana. No puede darse cuenta
que frente a él hay una persona muerta de miedo. Una persona con una coraza de
hierro intentando protegerse de todo aquello que pueda lastimarla hoy. Si fuéramos animales él podría oler mi miedo
y actuaría en consecuencia. Me atacaría si se
sintiera superior, me protegería si sintiera que puede calmar ese miedo
mío. Pero no sucede. Somos dos seres humanos. Uno frente a otro. Yo temblando, sin
demostrarlo. El mostrando su incomodidad ante esta masa amorfa tensa que
destruye los momentos nuestros.
Sin embargo, reincidimos. Vamos una y otra vez al encuentro
con el otro. ¿Porqué? Miles de veces me lo pregunté. ¿Por qué me encuentro con
este hombre si nuestros encuentro son muchas veces así? No tengo muy clara la
respuesta, pero supongo que es muy básica: algo de ese otro nos gusta.
Supongo que es porque en los momentos que nos relajamos todo
está muy bien. Porque en los momentos en
que yo me olvido que tengo que vivir con una protección frente a los dolores, confío en ese ser, mas no sea por ese momento pasajero. Y es ahí donde la cosa
tensa se esfuma, desaparece. Es ahí donde nos abrazamos y todo se vuelve
hermoso.
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