viernes, 10 de mayo de 2013

Comunidad de soledades embotelladas.




Son las 18:30 horas. Todos salieron hace un rato del trabajo. Algunos salieron a pasear, pero nunca es una buena hora para pasear en auto en la Ciudad de Buenos Aires. El tránsito está pesado, lento, enroscado. Cada vez es más difícil avanzar. Pongo música para distraerme, para ponerle una banda de sonido al momento que estoy viviendo. Nada puedo hacer más que intentar disfrutar del embotellamiento. Todos los autos pegados, muy cerca, parecieran que algunos llegan a rozarse.

Bajo la ventanilla para sentir el aire parado por no avanzar. Es ahí donde empiezo a escuchar la calle. Escucho que todos los autos de mi alrededor hicieron lo mismo. ¿Todos reaccionamos igual ante este tráfico infernal? Todos pusimos nuestra banda de sonido a este momento. Claro que son todas distintas. Son todas películas distintas. Es ahí cuando le empiezo a prestar atención a mis compañeros de embotellamiento. Empiezo a pensar en sus músicas, en sus mentes, en sus sentimientos. Empiezo a ver sus gestos solitarios.

La primera en la que me concentro es una canción vieja.  Suena de otros tiempos, pero fuerte y potente aquí y ahora. Un señor se mira en el espejo retrovisor mientras hace movimientos minúsculos con su cabeza al ritmo de aquella canción. Está contento, o eso parece. Está divorciado hace ya cinco años. Tiene una buena relación con sus hijos ya mayores. Está jubilado, pero aun es joven y vivaz. Hace unos días conoció a una mujer que lo tiene entre contento y desconcertado. Había dado de baja hace tiempo la posibilidad de que alguna mujer lo vuelva a motivar. Pero sin embargo, ahí lo ven, en medio del embotellamiento, disfrutando ese rato, mirándose al espejo para esperar vaya a saber uno que encuentro.

Luego está ella. Una mujer de unos 40 años. Cansada ella, escucha alguna canción de Sabina. De esas que se conocen todos. No canta, ni mueve la cabeza. Solo está concentrada en el transito, en avanzar más no sea 10 centímetros desde donde está parada con su auto. No escucha la música. Está en otro lado. Tiene problemas en el trabajo. Su vida pasa por la oficina. Ella se alegra, de excita, llora, y se preocupa según le vayan las cosas en su trabajo. Nunca se casó ni quiso. Es linda y siempre tiene algún amante pasajero que le hace pasar algún que otro momento agradable, pero a lo largo de las semanas se aburre y empieza a buscar a otro hombre con quien pasar el rato. Y si no lo encuentra, momentáneamente se queda sola pensando en como mejorar el negocio. Como conseguir aquel ascenso que espera hace años y nunca llega.

Hay un joven adelante mío. Lo veo por los espejos. Tiene 25 años. Tiene un jopo raro en el pelo, no logro ver, pero creo que tiene gel en el pelo. ¿Qué joven porteño sigue usando gel a esta altura? Algunos. El escucha música electrónica. Sigue el ritmo con sus dedos en el volante de su auto prestado. No canta, ya que el tema que suena es tan instrumental como frenético. Es el que tiene la música más fuerte. Encima parece que lo hiciera a propósito (lo hace) tiene las dos ventanillas de adelante bajas. Con lo cual su música invade nuestro momento pasajero juntos. Nos llena. Piensa en la fiesta del sábado. En todo lo que pasó esa noche. En su estado de euforia y su recuerdo añorando sentir eso mismo ahora en medio de esta comunidad embotellada. Piensa en su próxima salida de esta noche. Piensa en que cada vez se lleva peor con su padre y que debería irse de su casa. Pero su mente vuelve a la fiesta que tiene hoy a la noche y eso lo reconforta.

Por último, estoy yo, escuchando Snow Patrol. Unas de mis nuevas adquisiciones musicales. Disfruto de la mirada hacia fuera y sobre todo de la mirada hacia dentro. Me distraigo un poco pensando en la vida ajena de estos otros con los cuales conformamos  por un rato esta comunidad conmigo. La comunidad de los solitarios musicales embotellados. Luego de pensar en sus vidas y escuchar sus músicas pienso en lo mío. Llego tarde a terapia pero mucho no me importa, siempre soy demasiado puntual y siempre pienso que mi psicóloga debe anotar cosas raros al sentirme tan prolijamente puntual siempre. Me siento rebelde por un rato chiquito. Pienso que estoy feliz. Pienso que estoy entera. Pienso que estoy creciendo. Pienso un poco en mi sobrina y en todo lo que pasaba hace un año atrás justo para esta misma época. Pienso en como cambia la vida de uno de un día para el otro. Pienso en que estoy enamorada de un hombre que conozco hace mucho y amo hace poco. Pienso en las buenas rachas y las disfruto. Pienso en las malas rachas y en todo lo que uno aprende de ellas. Pienso en los otros mientras me miro. Pienso en mí mientras los miro.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Me abro. Te amo.



Te amo. Te como. Te miro. Te huelo. Me mata. Te escucho. Te peleo. Me duele.  Te extraño. Te escribo. Me abro. Te deseo. Te respiro. Te toco. Te siento. Me encanta. Me río. Te divierte. Te hablo. Me encierro. Me ofusco. Te odio. Te entiendo. Te mimo. Te bebo. Te pienso. Te idealizo. Me frustro. Me despierto. Te entiendo. Te espero. Me alejo. Te amo.

lunes, 18 de marzo de 2013

Desintoxicación



Es una muy buena etapa. No paro de llorar. No paro de estar aflorada. Enamorada y contenta por dicho estado. Pero también estoy muy despierta. Estar despierta me significa conectarme con lo bueno y lo malo que tengo adentro. Desilusiones que quedaron impregnadas en mi como garrapatas. Dolores de otros de los cuales me hice cargo por inexperta o quizás sólo por el simple hecho de ser humana. Tengo tantas cosas superadas y tantas miles de otras por superar.

¿Por qué nos cuesta tanto desintoxicarnos? Quitarnos de adentro todo eso que quisieron hacer (sin quererlo) con nosotros. Todas esas frustraciones, deseos no cumplidos de otros que quedan adentro nuestro como propios. Nos confunden, nos marean, nos ponen inseguros, nos alejan del mundo exterior muchas veces. ¿Cómo hacer para salir de ahí sanamente? Sin lastimar a los que queremos, sin enojarnos con el mundo, sin enojarnos con la vida que nos dio esto para vivir.

Así estoy en estos días, despierta, radiante, y enojada con muchas cosas del pasado. Haciendo consciente miedos ajenos, aceptando los míos propios y soltándolos. Dejándolos ir como puedo. Intentando construir algo mío, algo nuestro de una manera nueva. De una manera más real. Más compleja y menos anestesiada.


miércoles, 13 de marzo de 2013

Cambio de piel



Soy como una serpiente que cambia la piel. Víbora, me dirán mis enemigos a quienes no conozco. Desde que tengo uso de razón voy siendo varias Julianas. La vida me va llevando por algunos caminos, y otros soy yo la que los elije. Y entre caminando y viviendo voy cambiando de piel.
Al principio era una adolescente despreocupada y feliz. Sólo me importaba pasarla bien con mis amigas. Todavía no sabía lo que era la amistad entre el hombre y la mujer. Me la pasaba en esa piel de despedida de niña, donde todo eran risas y divertimento.
Después me alejé un poco de mis amigas de toda la vida. Conocí otra gente, otras cabezas sobre todo. Ahí me puse la piel de la chica profunda y dejada físicamente. Todo eran charlas profundas, autodescubrimiento, descubrimiento de los grandes dolores de los seres humanos. Ahí dejé de creer en el amor para toda la vida. Empecé a creer en otras cosas. En la amistad, en estar despierto, en la duda, en replantearme todos mis actos automáticos. Ahí la pasé mal y bien. Esa piel era mucho más fina, más sensible. Las charlas de esas épocas eran reveladoras. Los maestros son inolvidables. La filosofía de vida que aprendí en esa etapa me acompaña hasta el día de hoy. Hubo diversión con esa piel, pero no era cien por ciento relajada, porque yo todavía estaba buscando cuál era mi verdadera piel.

Pasaron esos años de teatro, noches bohemias, charlas sobre cómo cambiar el mundo, cómo cambiar todo lo que habían hecho con nosotros.

Luego llegué a la piel trasparente, vacía. Estaba cubierta de algo que nunca supe bien qué era. Era la previa de algo importante, pero en ese momento no lo sabía. En esa etapa cambié mucho. Mucho. Dejé un trabajo exitoso casi sin pensarlo. No me arrepiento, pero hoy, con otra piel, lo hubiera hecho de manera distinta. Sufrí, me sentí sola en mi salto al vacío. A los golpes tuve que protegerme, cambiar. Mi piel se puso más agradable para algunos. Me amigué con quien era yo por fuera y salí a la vida a mostrarme frívolamente. Me sirvió creo que tres días. Después empecé a sentir que yo no era esa. Nunca me sentí tan afuera de mi misma como en esa etapa. Era una pantomima de Juliana. Una juliana que me salía muy bien pero que yo sabía que no quería ser. Era la empresaria, la ambiciosa de crecimiento, la que buscaba profesores empresariales más que amor.

Esa piel me duró poco, por suerte; aunque hoy no sería quien soy si no hubiera pasado por ese lugar. En ese momento me volví más terrenal, más concreta, desarrollé por primera vez mi sentido común al cien por ciento. Causa-efecto. Causa-efecto. Causa-efecto. Abandoné mi profundidad a cambio de la tierra concreta. Y un día esa tierra se convirtió en barro. Me miré al espejo y me vi preciosa, pero llena de barro, sucia y, sobre todo, con una piel que no me pertenecía. Me la arranqué como pude.

A mis anteriores  pieles las había cambiado progresiva y naturalmente, casi sin pensarlo ni decidirlo y evolucionando de a poco. Esta piel de la que hablo tuve que arrancármela dejando sangrantes varias partes de mi ser. Quedé en carne viva por unos meses, sin poder salir a la calle por miedo a todo y a todos. Ahí, como pude, me puse una piel protectora, dura, seca y a prueba de dolores. Hoy sigo sin poder sacarme del todo esa cáscara que armé.

Hace un año quedé por primera vez desnuda ante la vida. Maravilloso, pensaría yo si hablara otro. Desnuda ante el mundo con una mierda ante mis ojos del tamaño de todo el universo (así lo sentí en ese momento).

Lo irreversible, la enfermedad, la inocencia interrumpida, el dolor físico ajeno, la impotencia, la soledad. Desnuda y lúcida, viví esa etapa como pude. Aprendiendo de los otros, cambiando mis prioridades, despreocupándome por todas las miles de cosas que habían gastado horas de mi vida en vano. Aprendiendo a vivir con algo nuevo. Esa etapa pasó, o me acostumbré a ella. Siempre leía una frase sin sentirla: “uno se acostumbra a las cosas más terribles de la vida”. Nunca la entendí hasta ese momento. Uno se acostumbra. Uno aprende a vivir una vida nueva. Uno empieza de nuevo, con toda la experiencia a cuestas, y con esa “cosita” nueva en su vida.

Y ahí seguí, viviendo desnuda, hasta que pude. Me tuve que armar de nuevo. Inventarme una piel. O ponerme la mía personal que tenía guardada en el placard desde vaya a saber cuándo. Pero un día la encontré, y por primera vez en mi vida, me comencé a rearmar, una vez más pero esta vez pensando poco y nada en los otros. Yo era ésta y ésta era mi piel. Eso generó -y sigue generando- problemas con los otros. Los seres queridos y los no tanto.

Ser un poco espontanea, un poco controlada, un poco sana, un poco insana, un poco comunicadora, otro poco introspectiva, un poco linda y un poco fea, un poco segura y un poco insegura; eso no le gusta a nadie. La gente, los otros que nos rodean, quieren casi siempre cosas más simples, más lineales y normales, más decodificables fácilmente. Pero esa no soy yo, esa no es mi piel. Algunos, poquitos en este mundo, lo saben, me aceptan y me quieren así. Algunos otros me están conociendo y se asustan. Yo también me asusto de las oscuridades y paradojas de los otros. Pero ahí andamos. Cada uno con su piel, impuesta, puesta, cambiada, evolucionada o no. Pero todos estamos en este mismo juego, el juego de vivir.

lunes, 11 de marzo de 2013

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?




El otro día alguien hizo esa pregunta. Al principio me pareció una pregunta más de esas que están de moda en estos días, intentando despertar lo indespertable. Después empecé a pensar un poco y caí en la cuenta que hacía mucho que no hacía algo nuevo. Me gustan los cambios, me gustan las cosas nuevas, me gusta probar, me gusta volver a elegir lo que elijo, me gusta dudar de lo que elijo y sin embargo, esa pregunta me llevó a una respuesta que tiene quizás varios meses o años.
Empecé a pensar en lo maravilloso de los niños. Que nacen y desde el día uno, comienzan a hacer todas cosas nuevas. Todo por primera vez. Son cientos de cosas que hacen todos los días por primera vez: respirar por sus propios medios, llorar, mirar, tocar, alimentarse, hacer pis, hacer caca. Les duele algo por primera vez en su vida, sufren por primera vez, disfrutan por primera vez de algo. Sienten una caricia, un beso por primera vez en su vida. Tienen insomnio por primera vez. Duermen placenteramente por primera vez. Los bebes son grandes afortunados.
Todos fuimos un bebes llenos de cosas nuevas todos los días por vivir. Pero ahora somos unos semejantes grandulones y nos olvidamos muchas veces de que se siente hacer algo por primera vez.
Pienso y re pienso que fue lo último que hice por primera vez. Se me vienen a la mente cosas frívolas que hice este ultimo año por vez primera. Hurgo un poco y se me vienen cosas terribles y dolorosas que viví por primera vez este último tiempo. Cuando a uno le hacen la pregunta ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez? Se vienen a la cabeza cosas positivas ¿o no? Quizás sea porque yo estoy viviendo una etapa “positiva” de mi vida. Pero ahora escribiendo esto pienso que quizás haciendo esa pregunta, alguien puede responder: La ultima vez que viví algo nuevo en mi vida fue hace un mes cuando alguien me partió el alma en mil pedazos, y nunca antes me había pasado.  Pensar en algo nuevo, no es siempre algo bueno, lindo y placentero.
El otro día, mientras pensaba en la pregunta que este ser (amado) había formulado, se me ocurría ponerme la meta de comprarme una libretita y escribir todas las semanas algo nuevo que haya hecho. Tener ese objetivo: hacer algo nuevo, por lo menos, una vez por semana. Mi objetivo no era muy pretencioso, lo juro. Pensaba en probar alguna comida nueva, hablar con alguien que antes nunca había querido hablar, mirar una película nueva, hacer algo nuevo (con todo lo que eso implica), sentir algo nuevo (como si uno lo decidiera). Y me arrepentí antes de ir a la librería a comprar el cuadernito inocente. ¿Por qué me arrepentí? Se preguntará nadie a esta altura del texto. Pero me arrepentí porque pensé que me iba a frustrar. Y a esta altura de la vida hacer una cosa nueva por semana quizás sea mucho. Me encantaría decir lo contrario, pero creo que es difícil.
Pero acá sigo pensando en aquella pregunta y con ganas de comprar el cuadernito de las cosas nuevas. Quizás lo compre sin ponerme metas temporales. Sino tan sólo anotar las cosas nuevas que luego de mis treinta y tres años haga de aquí en más. Sin duda se me ocurren miles de cosas que quiero hacer nuevas. No se si los deseos y sueños cuentan. Pero quizás a los deseos y sueños tenga que escribirlos en otra libretita y luego ir comparando con la libretita de las cosas nuevas (Puff, frustrante, autoexigente, inutil).
Entre las cosas nuevas que quisiera hacer en mi presente/futuro cercano (soy muy realista y pegada a la tierra hoy) son:
-       viajar a un lugar desconocido
-       amar de una forma nueva
-       besar esa boca como si nunca antes la hubiera besado
-       inventar un juego nuevo y jugarlo con mis sobrinos
-       probar una textura nueva de comida
-       hablar de un tema que nunca hablé en mi vida
-       hacer algo espontaneo que nunca haya hecho
-       escribir en mi blog cuando esté feliz
-       decirle a mis hermanos que los quiero frente a frente
-       correr un riesgo en el trabajo
-       pararme en un escenario a los treinta y tres
-       dejar de fumar en serio
-       escribir un libro

En fin, lo de plantar un árbol y lo demás lo dejo para otra etapa de mi vida. No es ahora. Pero siento que la pregunta es un buen punto de partida. Y ahí me quedo. Sólo con eso. Este es un punto de partida hacia algo. Quizás sea bueno. Quizás sea malo. Quizás no sea ni lo uno ni lo otro, y tan solo sea una pregunta que alguien se hizo porque sí. Pero hoy para mí, esta pregunta es un comienzo, es un punto de partida. 

viernes, 1 de marzo de 2013

Maldito despertar


Ella se despierta como puede, con lo que le cuesta a las seis de la mañana. El despertador fue el culpable de aquella interrupción profunda y dañina. Está en una punta de la cama con lo cual no tiene que estirarse mucho para apagar ese ruido maldito que le informa que otro día empieza y hay que hacer muchas cosas para vivirlo. Se está preguntando que hace en la punta de la cama, si ella bien sabe lo mucho que disfruta de estar estirada en su cama o tirada arriba de otro ser. En el medio de la pregunta se acuerda de anoche y del ser humano que yace inmóvil a su lado. Es su amante. Pero no su amante porque ella o él tengan pareja,  sino porque eso es lo que son: Amantes de a ratos. Es una relación clandestina con ellos mismos. La mantienen oculta para el resto y también para ellos mismos, supongo. Tienen prohibido enamorarse. Prohibido decirse cosas amorosas. Prohibido sentir algo salvo cuando pasan esas pocas horas juntos de noche, enroscados por un rato, amándose como pueden. Mientras ella piensa todo esto que no quiere pensar, lo despierta. Despierta a la morsa durmiente que ronca, bruxea y respira al lado suyo. Él, frío como siempre por las mañanas. Es más amoroso despertarse con una amigo, con un sobrino, con un “sex toy” (como si supiera que se siente), que despertarse al lado de este hombre. Imagino despertándome con Rosario, la chica que limpia mi casa de vez en cuando y supongo que se debe sentir lo mismo. “Rosario, despertate”. Hasta quizás Rosario me pueda llegar  a decir un “Buen día” de compromiso más amable que este hombre. ¿Cómo se empieza un día así? Cuesta un huevo, un ovario y todos los órganos juntos, pero ella lo intenta esas mañanas.
A pesar de todos estos pesares y frialdades ella reincide. ¿Porqué? Porque juega a estar sola, quizás. Porque juega a estar con alguien de a ratos. Porque sabe que este hombre es solo un “mientras tanto”.
Pero es todo “bullshit” lo que escribo. Ella sabe bien porque reincide. Porque como toda mujer o todo hombre que quiere a otro ser de esta manera, espera aquel momento en que algo cambie y ese hombre al lado suyo se despierte, la mire con una sonrisa y le diga “Hola, hola y hola”. Pero por suerte quizás, por desgracia para los soñadores, esos momentos nunca llegan cuando la relación ya ha tomado sus propios rumbos.

domingo, 13 de enero de 2013

Desahogo


No puedo escribir. Intento pensar en alguna frase inspiradora y todo lo que se me viene a la cabeza no tiene nada que ver con frases, palabras, ni maneras de escribirlo. Se me vienen sentimientos, dolores internos, imágenes difíciles de describir ahora.  Voy a tratar de pasar en limpio algo de lo que siento. Pero está vez, como tantas otras será un sin fin de palabras unidas.
Aquí va mi intento de desahogo:
Llanto sin trabas. Amor sin momentos. Fiestas sin miradas. Noches sin descanso. Música sin alma. Brindis sin sentidos. Besos sin futuro. Celos sin razón. Lecturas sin profundidad. Viajes sin quererlos. Vacaciones sin aparecer. Comida sin gusto. Repeticiones de lo mismo. Intentos de terminar con algo y nunca poder. Intentos de empezar con algo y nunca poder. Diversión sin limites. Deseos dispersos. Búsquedas en conjunto. Amigos amados. Amigos nuevos. Amigos reencontrados. Teatro y más teatro. Ganas muchas de despertarme al lado tuyo y ser feliz ahí. Ganas muchas de viajar. Ganas muchas de respirarte. Ganas muchas de parar un poco. De reencontrarme con mis sentidos que no dejan de estar acelerados. Ganas de respirar en paz. Ganas de compartir. Ganas de entregarme. Deseos sin destinatario. Falta que no falta. Amor que no se toca, no se huele, no se gusta, no se escucha y no se siente.

jueves, 3 de enero de 2013

Hic et nunc 2013


Indecisión. Amor. Deseitos. Deseo. Somnolencia. Lágrimas. Emoción. Lectura. Aburrimiento. Cansancio. Amistad. Baile. Bebidas. Garganta. Viajes. Ganas. Cama. Charlas. Conexión. Desconexión. Diversión. Noche. Mimos. Impaciencia. Autorreflexión. Miedo. Muerte.