martes, 20 de enero de 2015

Ese mismo día



El día en que la justicia argentina se ve enmudecida con un disparo.
El día en que ese hombre toma la última bocanada de aire de su vida.
El día en que esas dos hijas se enteran que nunca más podrán abrazar a su padre. 
El día en que esa madre quiere comunicarse con su hijo y no puede.
El día en que esa misma madre ve lo peor que una madre puede ver.
Ese mismo día ellos se besan por primera vez.
Ese mismo día se entregan a eso que estaban sintiendo hace meses y que ninguno de los dos se animaba a experimentar.
El día en que las voces se llenan de broncas, dolores, odios de un bando y del otro de este país dividido.
Ese mismo día en que los medios no dejan de hablar de asesinato, suicidio, conspiración,  injusticia y planes macabros.
Ese mismo día ellos se amaron sin pensar en nada ni en nadie más que ellos.
Ese día ellos se descubren, se sienten, se huelen, sus cuerpos se presentan, se reconocen, se elijen y disfrutan.
Ese mismo día en que un país se conmociona, ellos se miran por primera vez de esa forma nueva, inexplicable y dolorosamente hermosa.

lunes, 15 de septiembre de 2014

La pasión no es más que un invento


Salí corriendo al baño. Tuve que contener el vomito con mis manos. Me arrodillé en el piso y largué todo lo que tenía adentro.  Tardé unos minutos en reponerme. Me levanté, me lavé la cara, me sequé los ojos llorosos y volví a la habitación. El papel que había provocado semejante exabrupto seguía apoyado en la cama. Me acerqué, ahora con menos sorpresa y volví a leerlo: “La pasión no es más que un invento”, decía con letras recortadas de algún diario o revista. Hacía años que no escuchaba esa frase. Hacía años que había armado mi vida con otro hombre. Había formado una familia, tenia dos hijas hermosas. Pensé que había olvidado  aquella frase pero  sobre todo, pensé que había olvidado a aquel hombre
Antonio, se llamaba y siempre supe que había aparecido en mi vida muy temprano. Yo tenía 22 años y todo por delante. Mi libertad en aquellos años era mi don más preciado, el mundo me parecía un lugar inmenso y tenía sólo deseos de recorrerlo. Yo era por aquel entonces como una llama siempre moviéndome, intensa, chispeando y emanando energía por doquier. Poco había quedado de esa llama hoy, pero la frase que encontré en mi cama me trajo el recuerdo vivo de Antonio, como si no hubiera pasado un solo día.
Él era mayor que yo y me abrió los ojos en muchas cosas. Me enamoré perdidamente de él luego de que nos quedáramos hablando una noche entera en un bar sobre si el ser humano estaba preparado o no para la monogamia. Antonio era un hombre sofisticado, sensual, seguro. El se había enamorado de mi juventud, de mi desparpajo, de mi fluir sin pensar tanto en las consecuencias. Juntos éramos una máquina de producir charlas, pensamientos, discusiones eternas. Nos encantaba sentarnos en bares, tomar vino y charlar hasta el amanecer. Recuerdo que improvisábamos esquemas en servilletas sobre las relaciones humanas, sobre los sentimientos, sobre el amor, sobre todo eso, hablábamos sobre el amor y sus paradojas.
En la cama Antonio me enseñó gran parte de lo que se hasta el día de hoy. Despertó en mí un deseo feroz, me acarició partes del cuerpo que hasta ese entonces no sabía que existían. Me descubrió entera, me amó profundamente dentro y fuera de la cama.
Recuerdo que por aquellos meses de idilio, que fue lo que duró nuestro encuentro, inventamos esta frase sobre la pasión. Nos imaginábamos situaciones en bares de parejas aburridas, inmersas en la cotidianeidad, que no se hablaban, ya no se miraban a los ojos. Nos imaginábamos que se decían “La pasión no es más que un invento”, consolándose por haber perdido o por no haber conocido jamás ese sentimiento tan vivo, tan rojo, tan intenso que era la pasión. Esas parejas, nos imaginábamos, se acostumbraban, se ponían grises, se conformaban con tener una relación chata, sin peleas, sin discusiones, sin sobresaltos, sin encuentros pasionales.
Nosotros, que nos creíamos elevados, especiales y casi inmortales hicimos en aquellos meses un pacto: nunca nos conformaríamos. Nunca dejaríamos de estar vivos, despiertos, alertas, pasionales. Esa frase nunca se apoderaría de nosotros.
Al recordar esto se me cayeron varias lagrimas y me senté al lado de la cama, donde estaba el papel. Lo agarré con mis manos y me lo acerqué hasta la nariz, intentando descubrir si había algo de ese aroma a alcohol, cigarro y perfume francés que Antonio emanaba de cada centímetro de su piel. No sentí nada.
Como si fuera una tromba y sin siquiera pensar como ese hombre me había encontrado, como había entrado a mi casa, agarré un abrigo y salí a la calle. Necesitaba aire, necesitaba respirar. Primero empecé a caminar sin rumbo fijo, pero al cabo de unas cuadras me di cuenta claramente a donde me dirigía.
De golpe me sentí joven de nuevo, sentí el viento que me rozaba la piel, sentí el pecho que se iba inflando, como hacía mucho no lo sentía. Sentí la excitación en mis manos, que transpiraban y se movían de un lado al otro. Recuerdo que comencé a sonreír en la calle, cosa que no hacía desde vaya a saber cuantos años. Un aire intenso entraba en mi cuerpo cada vez que inhalaba. Y el cuerpo se me relajaba aun más cuando expulsaba ese aire afuera. Me sentía más liviana, más hermosa. ¿Cómo había podido olvidar esta sensación? ¿Cómo me había alejado tanto de mi misma todos estos años? No busqué las respuestas. Sólo llegué a aquel bar de puerta verde.
Primero me acerqué a las ventanas en donde vi mi reflejo. Era yo, la misma que hacía 20 años, pero más vieja, más cansada pero hoy me veía hermosa y libre como aquellos años. Acerqué mi cara al vidrio para mirar adentro del bar. Solo un instante me costó reconocerlo. Ahí estaba, sentado en la barra, acariciando con sus manos un vaso de bourbon. Ese mínimo gesto me causó pudor y me hizo sonrojar. Giró su cara frente a mi, y sonrió. Él estaba más viejo también. Mucho más que yo, pero su mirada profunda seguía intacta. Me acerqué hasta la puerta verde de aquel bar y entré.

domingo, 24 de agosto de 2014

Ganas enormes de que no desaparezca



La gigante sensación de hastío se hizo carne en mi. Todo lo que me rodeaba se volvió chiquito, diminuto. Mi cuerpo empezó a ocupar más espacio. El miedo creció también. Di un paso cauteloso para comprobar que la tierra, ahora pequeña, soportara el peso de mi enorme cuerpo. Comprobé que todo temblaba cuando yo avanzaba. Pude mantener el equilibro gracias a unas grandes montañas nevadas  que llegaban hasta mis rodillas. Me sostuve de ellas para no caer. Pisé un charco mientras avanzaba y supuse sería algún océano. Los arboles, las vegetaciones de las selvas me generaban cosquillas en los pies generando muecas en mi boca que fueron convirtiéndose en risas y hasta carcajadas. En ese momento recordé lo que era sentirse feliz. Recordé las veces que me había reído a carcajadas, las veces en que el mundo se había desvanecido mientras disfrutaba ese momento de alegría. Pero en seguida unas cataratas me salpicaron los dedos de los pies y me trajeron de vuelta a esta realidad. Mi cara volvió a reflejar lo inmenso que me estaba pasando y sintiendo. Todo era más pesado ahora. Cada paso me requería una energía inusitada. Hacía fuerza para seguir, para avanzar vaya saber hacia donde, pero lo hacía. Fue entonces cuando lo vi todo claramente. Vi muy lejos ese tren que me cambió la vida para siempre. Me acerqué como pude. Vi el reflejo de su cara en el vidrio, como lo había visto aquel día. Se me llenaron los inmensos ojos de lagrimas, nuevamente. El me miró igual, con esa misma expresión de amor y compasión, igual al día que nos despedimos en la estación. Yo lo miré con más dolor aun, y sabiendo ahora lo que sufriría luego de esa despedida. Escuché bajito y a lo lejos el sonido de la locomotora como quien escucha la orden para que empiece su propio fusilamiento. El apoyó su mano en la ventana, dijo algo con sus labios que no logré descifrar. Como aquel día el tren volvió a arrancar lentamente. Yo me quedé inmóvil, mirando como la distancia entre ese hombre y yo crecía a cada segundo que el tren avanzaba. Así estuve durante algunos minutos hasta que no lo vi más. Igual que la vez anterior, él se fue dejándome estas ganas enormes de que no desaparezca.  Se fue sin decir bien porqué ni sí volvería. Se fue dejándome este inmenso mundo para mi sola.

miércoles, 20 de agosto de 2014

La venganza



Las risas falsas dibujadas en sus máscaras generaban un ambiente aun más macabro. Estaban ahí los tres hombres parados frente a mí, con sus trajes impecables, sus manos ocultas en los bolsillos aun con olor a pólvora. Sus posturas relajadas no dejaban imaginar lo que allí acababa de suceder. Había habido una matanza. Más de diez personas habían sido asesinadas a sangre fría y yo había sido testigo de todo, sin quererlo, sin haber tenido otra alternativa. Ojalá pudiera borrar de mi mente todo lo que había visto hacía a penas unos segundos. Ellos parados frente a mi, inmóviles quizás deseaban lo mismo. Imaginé sus caras detrás de esas fachadas de plástico, impávidas, con ansias de terminar con lo que habían venido a hacer. Yo temblaba por dentro, pero me mostraba casi tan seguro como ellos. Pude ver sus seis ojos mirándome por los pequeños agujeros de sus máscaras. Ojos inquisidores, llenos de venganza y de odio. Habían esperado dos años para este momento. Habían planeado todo con lujo de detalles. Nada se les había escapado de las manos, salvó mi presencia en ese lugar que no estaba programada. Yo solo había ido a llevar unas encomiendas, como hago todos los días con miles de oficinas de esta ciudad. Pero estaba enterado de la contienda. Es por eso que no me sorprendí cuando los vi atravesar la puerta.
Nadie pudo hacer nada. Uno a uno fueron cayendo luego de ser atravesados por sus plomos. Yo era el último que quedaba. Había logrado escabullirme entre el mar de balas.
“Todo esto por una sola mujer”, pensé mientras se preparaban para terminar conmigo. Todo esto por el amor y la vida de una mujer. Tantas muertes, tantos años de odio, de miedo, de sed de venganza. ¿Cómo es posible que el amor y el odio estén tan pegados, tan cerca, tan entrelazados? ¿Cómo es posible que un amor haya generado esta matanza, esta venganza?  Fue mientras pensaba eso que un ruido me ensordeció. Sentí el frio penetrar en mi abdomen. Sentí mis manos humedecerse y logré ver sus rostros satisfechos, como si las máscaras pudieran adaptarse a lo que los hombres detrás de ellas estaban sintiendo.
Caí al piso y dejé de respirar para siempre.

jueves, 7 de agosto de 2014

El agujerito


Todas las mañanas veía lo mismo desde su pequeña casa. Espiaba por ese agujero que había quedado al sellar las maderas. Desde ahí podía ver un pedacito del suelo. Su casa estaba a un metro del suelo aproximadamente. Era el único agujero que había descubierto. Su único puente con el afuera. 
El verano se estaba yendo y comenzaban los primeros días frescos. Ella no se preocupaba porque su padre le traía el abrigo y la comida necesaria todos los días cuando oscurecía . Abría una pequeña purtecita que había al costado de su casa de maderas y por ahí introducía la bandeja con lo que hiciera falta para ese día y se llevaba aquello que era para desechar. No cruzaban palabras. Ella no recordaba haberlo hecho jamás.  
Dedicaba sus días a mirar por ese agujero y ver que era lo que allí sucedía. No era mucho la verdad, pero podía espiar como crecía el pasto y cambiaba de color, podía ver algún animal caminando por ahí, o ver al viento jugando con alguna hoja. Se maravillaba cuando por la mañana las gotas de rocío se deslizaban por el pasto. Amaba ver la tierra húmeda por las mañanas largando ese olor que anunciaba que un nuevo día había comenzado. A veces pasaba algún pajarito por ahí que cantaba y ella sonreía como si entendiera algún mensaje encriptado en ese canto. 
Y así pasaban los días, los meses, los años. Casi desde el día que había nacido ocho años atrás, su realidad era esa. Esa casa oscura de madera elevada del suelo, su leve contacto con su padre una vez por día y ese agujero que la conectaba con el afuera. 
Fue un día en pleno otoño cuando cambió todo. Ya había anochecido y ella esperaba a que llegara su padre con la comida. Sintió abrirse la puerta de la casa grande, donde él dormía que estaba a unos 20 metros. Escuchó que se acercaba como todos los días. No sabía bien porqué pero ella estaba más animada que otras veces. Quizás había sido el camino de hormigas que había  observado contenta toda la mañana desde su pequeño cuadro de visión. Quizás eran las ansias por recibir más mantas ya que el frio en su pequeño cubículo se había hecho más intenso y continuo. 
La cuestión es que su padre abrió la pequeña puerta, dejó unas nuevas mantas en un costado apoyó la bandeja sin emitir sonido y en ese instante comenzó a temblar de una forma inusual.  Su mano derecha tiró el vaso con agua que estaba sobre la bandeja que acababa de apoyar. Ella se quedó quieta mirando todo y atenta a lo que estaba sucediendo.  El padre trató de agarrarse de la puerta, intentando cerrarla pero no logró a hacerlo, se desvaneció en el piso dejando la puerta abierta, por primera vez desde que ella tenía uso de razón. 
Era de noche, estaba todo oscuro. Ella se quedó inmóvil. Sin emitir sonido.  Se quedó así un par de horas, quieta, en la esquina de la casita. De a poco se fue acercando a la bandeja que había quedado en el limite de la puerta. El agua se había derramado pero quedaban los budines de carne y el pan. Se comió los budines, saboreando cada bocado. Cortó con las manos el pan  y también lo comió. Terminó todo. Dejó la bandeja en la puerta como siempre y se tapó con las frazadas. Durmió toda la noche, como siempre. 
A la mañana siguiente se despertó un poco más temprano que lo habitual. Entraba mucha luz por la puerta que había quedado abierta toda la noche. Se despabiló un poco y se dispuso a hacer lo que había hecho durante todos estos años. Se asomó por agujerito y ahí lo vio. Su padre tirado en el piso, con los ojos abiertos y una mano en el pecho. Estaba semicubierto por las hojas de los arboles que habían caído por la noche. El otoño estaba en su punto máximo, cubriendo de hojas cada centímetro del suelo. Amarillas, rojas, cobrizos, naranjas. Ella empezó a sentir lagrimas en los ojos, no entendía bien que era lo que le estaba sucediendo. Pero sintió que lo que estaba viendo por aquel agujerito era sin duda lo más hermoso que había visto en su vida.



viernes, 10 de mayo de 2013

Comunidad de soledades embotelladas.




Son las 18:30 horas. Todos salieron hace un rato del trabajo. Algunos salieron a pasear, pero nunca es una buena hora para pasear en auto en la Ciudad de Buenos Aires. El tránsito está pesado, lento, enroscado. Cada vez es más difícil avanzar. Pongo música para distraerme, para ponerle una banda de sonido al momento que estoy viviendo. Nada puedo hacer más que intentar disfrutar del embotellamiento. Todos los autos pegados, muy cerca, parecieran que algunos llegan a rozarse.

Bajo la ventanilla para sentir el aire parado por no avanzar. Es ahí donde empiezo a escuchar la calle. Escucho que todos los autos de mi alrededor hicieron lo mismo. ¿Todos reaccionamos igual ante este tráfico infernal? Todos pusimos nuestra banda de sonido a este momento. Claro que son todas distintas. Son todas películas distintas. Es ahí cuando le empiezo a prestar atención a mis compañeros de embotellamiento. Empiezo a pensar en sus músicas, en sus mentes, en sus sentimientos. Empiezo a ver sus gestos solitarios.

La primera en la que me concentro es una canción vieja.  Suena de otros tiempos, pero fuerte y potente aquí y ahora. Un señor se mira en el espejo retrovisor mientras hace movimientos minúsculos con su cabeza al ritmo de aquella canción. Está contento, o eso parece. Está divorciado hace ya cinco años. Tiene una buena relación con sus hijos ya mayores. Está jubilado, pero aun es joven y vivaz. Hace unos días conoció a una mujer que lo tiene entre contento y desconcertado. Había dado de baja hace tiempo la posibilidad de que alguna mujer lo vuelva a motivar. Pero sin embargo, ahí lo ven, en medio del embotellamiento, disfrutando ese rato, mirándose al espejo para esperar vaya a saber uno que encuentro.

Luego está ella. Una mujer de unos 40 años. Cansada ella, escucha alguna canción de Sabina. De esas que se conocen todos. No canta, ni mueve la cabeza. Solo está concentrada en el transito, en avanzar más no sea 10 centímetros desde donde está parada con su auto. No escucha la música. Está en otro lado. Tiene problemas en el trabajo. Su vida pasa por la oficina. Ella se alegra, de excita, llora, y se preocupa según le vayan las cosas en su trabajo. Nunca se casó ni quiso. Es linda y siempre tiene algún amante pasajero que le hace pasar algún que otro momento agradable, pero a lo largo de las semanas se aburre y empieza a buscar a otro hombre con quien pasar el rato. Y si no lo encuentra, momentáneamente se queda sola pensando en como mejorar el negocio. Como conseguir aquel ascenso que espera hace años y nunca llega.

Hay un joven adelante mío. Lo veo por los espejos. Tiene 25 años. Tiene un jopo raro en el pelo, no logro ver, pero creo que tiene gel en el pelo. ¿Qué joven porteño sigue usando gel a esta altura? Algunos. El escucha música electrónica. Sigue el ritmo con sus dedos en el volante de su auto prestado. No canta, ya que el tema que suena es tan instrumental como frenético. Es el que tiene la música más fuerte. Encima parece que lo hiciera a propósito (lo hace) tiene las dos ventanillas de adelante bajas. Con lo cual su música invade nuestro momento pasajero juntos. Nos llena. Piensa en la fiesta del sábado. En todo lo que pasó esa noche. En su estado de euforia y su recuerdo añorando sentir eso mismo ahora en medio de esta comunidad embotellada. Piensa en su próxima salida de esta noche. Piensa en que cada vez se lleva peor con su padre y que debería irse de su casa. Pero su mente vuelve a la fiesta que tiene hoy a la noche y eso lo reconforta.

Por último, estoy yo, escuchando Snow Patrol. Unas de mis nuevas adquisiciones musicales. Disfruto de la mirada hacia fuera y sobre todo de la mirada hacia dentro. Me distraigo un poco pensando en la vida ajena de estos otros con los cuales conformamos  por un rato esta comunidad conmigo. La comunidad de los solitarios musicales embotellados. Luego de pensar en sus vidas y escuchar sus músicas pienso en lo mío. Llego tarde a terapia pero mucho no me importa, siempre soy demasiado puntual y siempre pienso que mi psicóloga debe anotar cosas raros al sentirme tan prolijamente puntual siempre. Me siento rebelde por un rato chiquito. Pienso que estoy feliz. Pienso que estoy entera. Pienso que estoy creciendo. Pienso un poco en mi sobrina y en todo lo que pasaba hace un año atrás justo para esta misma época. Pienso en como cambia la vida de uno de un día para el otro. Pienso en que estoy enamorada de un hombre que conozco hace mucho y amo hace poco. Pienso en las buenas rachas y las disfruto. Pienso en las malas rachas y en todo lo que uno aprende de ellas. Pienso en los otros mientras me miro. Pienso en mí mientras los miro.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Me abro. Te amo.



Te amo. Te como. Te miro. Te huelo. Me mata. Te escucho. Te peleo. Me duele.  Te extraño. Te escribo. Me abro. Te deseo. Te respiro. Te toco. Te siento. Me encanta. Me río. Te divierte. Te hablo. Me encierro. Me ofusco. Te odio. Te entiendo. Te mimo. Te bebo. Te pienso. Te idealizo. Me frustro. Me despierto. Te entiendo. Te espero. Me alejo. Te amo.

lunes, 18 de marzo de 2013

Desintoxicación



Es una muy buena etapa. No paro de llorar. No paro de estar aflorada. Enamorada y contenta por dicho estado. Pero también estoy muy despierta. Estar despierta me significa conectarme con lo bueno y lo malo que tengo adentro. Desilusiones que quedaron impregnadas en mi como garrapatas. Dolores de otros de los cuales me hice cargo por inexperta o quizás sólo por el simple hecho de ser humana. Tengo tantas cosas superadas y tantas miles de otras por superar.

¿Por qué nos cuesta tanto desintoxicarnos? Quitarnos de adentro todo eso que quisieron hacer (sin quererlo) con nosotros. Todas esas frustraciones, deseos no cumplidos de otros que quedan adentro nuestro como propios. Nos confunden, nos marean, nos ponen inseguros, nos alejan del mundo exterior muchas veces. ¿Cómo hacer para salir de ahí sanamente? Sin lastimar a los que queremos, sin enojarnos con el mundo, sin enojarnos con la vida que nos dio esto para vivir.

Así estoy en estos días, despierta, radiante, y enojada con muchas cosas del pasado. Haciendo consciente miedos ajenos, aceptando los míos propios y soltándolos. Dejándolos ir como puedo. Intentando construir algo mío, algo nuestro de una manera nueva. De una manera más real. Más compleja y menos anestesiada.


miércoles, 13 de marzo de 2013

Cambio de piel



Soy como una serpiente que cambia la piel. Víbora, me dirán mis enemigos a quienes no conozco. Desde que tengo uso de razón voy siendo varias Julianas. La vida me va llevando por algunos caminos, y otros soy yo la que los elije. Y entre caminando y viviendo voy cambiando de piel.
Al principio era una adolescente despreocupada y feliz. Sólo me importaba pasarla bien con mis amigas. Todavía no sabía lo que era la amistad entre el hombre y la mujer. Me la pasaba en esa piel de despedida de niña, donde todo eran risas y divertimento.
Después me alejé un poco de mis amigas de toda la vida. Conocí otra gente, otras cabezas sobre todo. Ahí me puse la piel de la chica profunda y dejada físicamente. Todo eran charlas profundas, autodescubrimiento, descubrimiento de los grandes dolores de los seres humanos. Ahí dejé de creer en el amor para toda la vida. Empecé a creer en otras cosas. En la amistad, en estar despierto, en la duda, en replantearme todos mis actos automáticos. Ahí la pasé mal y bien. Esa piel era mucho más fina, más sensible. Las charlas de esas épocas eran reveladoras. Los maestros son inolvidables. La filosofía de vida que aprendí en esa etapa me acompaña hasta el día de hoy. Hubo diversión con esa piel, pero no era cien por ciento relajada, porque yo todavía estaba buscando cuál era mi verdadera piel.

Pasaron esos años de teatro, noches bohemias, charlas sobre cómo cambiar el mundo, cómo cambiar todo lo que habían hecho con nosotros.

Luego llegué a la piel trasparente, vacía. Estaba cubierta de algo que nunca supe bien qué era. Era la previa de algo importante, pero en ese momento no lo sabía. En esa etapa cambié mucho. Mucho. Dejé un trabajo exitoso casi sin pensarlo. No me arrepiento, pero hoy, con otra piel, lo hubiera hecho de manera distinta. Sufrí, me sentí sola en mi salto al vacío. A los golpes tuve que protegerme, cambiar. Mi piel se puso más agradable para algunos. Me amigué con quien era yo por fuera y salí a la vida a mostrarme frívolamente. Me sirvió creo que tres días. Después empecé a sentir que yo no era esa. Nunca me sentí tan afuera de mi misma como en esa etapa. Era una pantomima de Juliana. Una juliana que me salía muy bien pero que yo sabía que no quería ser. Era la empresaria, la ambiciosa de crecimiento, la que buscaba profesores empresariales más que amor.

Esa piel me duró poco, por suerte; aunque hoy no sería quien soy si no hubiera pasado por ese lugar. En ese momento me volví más terrenal, más concreta, desarrollé por primera vez mi sentido común al cien por ciento. Causa-efecto. Causa-efecto. Causa-efecto. Abandoné mi profundidad a cambio de la tierra concreta. Y un día esa tierra se convirtió en barro. Me miré al espejo y me vi preciosa, pero llena de barro, sucia y, sobre todo, con una piel que no me pertenecía. Me la arranqué como pude.

A mis anteriores  pieles las había cambiado progresiva y naturalmente, casi sin pensarlo ni decidirlo y evolucionando de a poco. Esta piel de la que hablo tuve que arrancármela dejando sangrantes varias partes de mi ser. Quedé en carne viva por unos meses, sin poder salir a la calle por miedo a todo y a todos. Ahí, como pude, me puse una piel protectora, dura, seca y a prueba de dolores. Hoy sigo sin poder sacarme del todo esa cáscara que armé.

Hace un año quedé por primera vez desnuda ante la vida. Maravilloso, pensaría yo si hablara otro. Desnuda ante el mundo con una mierda ante mis ojos del tamaño de todo el universo (así lo sentí en ese momento).

Lo irreversible, la enfermedad, la inocencia interrumpida, el dolor físico ajeno, la impotencia, la soledad. Desnuda y lúcida, viví esa etapa como pude. Aprendiendo de los otros, cambiando mis prioridades, despreocupándome por todas las miles de cosas que habían gastado horas de mi vida en vano. Aprendiendo a vivir con algo nuevo. Esa etapa pasó, o me acostumbré a ella. Siempre leía una frase sin sentirla: “uno se acostumbra a las cosas más terribles de la vida”. Nunca la entendí hasta ese momento. Uno se acostumbra. Uno aprende a vivir una vida nueva. Uno empieza de nuevo, con toda la experiencia a cuestas, y con esa “cosita” nueva en su vida.

Y ahí seguí, viviendo desnuda, hasta que pude. Me tuve que armar de nuevo. Inventarme una piel. O ponerme la mía personal que tenía guardada en el placard desde vaya a saber cuándo. Pero un día la encontré, y por primera vez en mi vida, me comencé a rearmar, una vez más pero esta vez pensando poco y nada en los otros. Yo era ésta y ésta era mi piel. Eso generó -y sigue generando- problemas con los otros. Los seres queridos y los no tanto.

Ser un poco espontanea, un poco controlada, un poco sana, un poco insana, un poco comunicadora, otro poco introspectiva, un poco linda y un poco fea, un poco segura y un poco insegura; eso no le gusta a nadie. La gente, los otros que nos rodean, quieren casi siempre cosas más simples, más lineales y normales, más decodificables fácilmente. Pero esa no soy yo, esa no es mi piel. Algunos, poquitos en este mundo, lo saben, me aceptan y me quieren así. Algunos otros me están conociendo y se asustan. Yo también me asusto de las oscuridades y paradojas de los otros. Pero ahí andamos. Cada uno con su piel, impuesta, puesta, cambiada, evolucionada o no. Pero todos estamos en este mismo juego, el juego de vivir.

lunes, 11 de marzo de 2013

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?




El otro día alguien hizo esa pregunta. Al principio me pareció una pregunta más de esas que están de moda en estos días, intentando despertar lo indespertable. Después empecé a pensar un poco y caí en la cuenta que hacía mucho que no hacía algo nuevo. Me gustan los cambios, me gustan las cosas nuevas, me gusta probar, me gusta volver a elegir lo que elijo, me gusta dudar de lo que elijo y sin embargo, esa pregunta me llevó a una respuesta que tiene quizás varios meses o años.
Empecé a pensar en lo maravilloso de los niños. Que nacen y desde el día uno, comienzan a hacer todas cosas nuevas. Todo por primera vez. Son cientos de cosas que hacen todos los días por primera vez: respirar por sus propios medios, llorar, mirar, tocar, alimentarse, hacer pis, hacer caca. Les duele algo por primera vez en su vida, sufren por primera vez, disfrutan por primera vez de algo. Sienten una caricia, un beso por primera vez en su vida. Tienen insomnio por primera vez. Duermen placenteramente por primera vez. Los bebes son grandes afortunados.
Todos fuimos un bebes llenos de cosas nuevas todos los días por vivir. Pero ahora somos unos semejantes grandulones y nos olvidamos muchas veces de que se siente hacer algo por primera vez.
Pienso y re pienso que fue lo último que hice por primera vez. Se me vienen a la mente cosas frívolas que hice este ultimo año por vez primera. Hurgo un poco y se me vienen cosas terribles y dolorosas que viví por primera vez este último tiempo. Cuando a uno le hacen la pregunta ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez? Se vienen a la cabeza cosas positivas ¿o no? Quizás sea porque yo estoy viviendo una etapa “positiva” de mi vida. Pero ahora escribiendo esto pienso que quizás haciendo esa pregunta, alguien puede responder: La ultima vez que viví algo nuevo en mi vida fue hace un mes cuando alguien me partió el alma en mil pedazos, y nunca antes me había pasado.  Pensar en algo nuevo, no es siempre algo bueno, lindo y placentero.
El otro día, mientras pensaba en la pregunta que este ser (amado) había formulado, se me ocurría ponerme la meta de comprarme una libretita y escribir todas las semanas algo nuevo que haya hecho. Tener ese objetivo: hacer algo nuevo, por lo menos, una vez por semana. Mi objetivo no era muy pretencioso, lo juro. Pensaba en probar alguna comida nueva, hablar con alguien que antes nunca había querido hablar, mirar una película nueva, hacer algo nuevo (con todo lo que eso implica), sentir algo nuevo (como si uno lo decidiera). Y me arrepentí antes de ir a la librería a comprar el cuadernito inocente. ¿Por qué me arrepentí? Se preguntará nadie a esta altura del texto. Pero me arrepentí porque pensé que me iba a frustrar. Y a esta altura de la vida hacer una cosa nueva por semana quizás sea mucho. Me encantaría decir lo contrario, pero creo que es difícil.
Pero acá sigo pensando en aquella pregunta y con ganas de comprar el cuadernito de las cosas nuevas. Quizás lo compre sin ponerme metas temporales. Sino tan sólo anotar las cosas nuevas que luego de mis treinta y tres años haga de aquí en más. Sin duda se me ocurren miles de cosas que quiero hacer nuevas. No se si los deseos y sueños cuentan. Pero quizás a los deseos y sueños tenga que escribirlos en otra libretita y luego ir comparando con la libretita de las cosas nuevas (Puff, frustrante, autoexigente, inutil).
Entre las cosas nuevas que quisiera hacer en mi presente/futuro cercano (soy muy realista y pegada a la tierra hoy) son:
-       viajar a un lugar desconocido
-       amar de una forma nueva
-       besar esa boca como si nunca antes la hubiera besado
-       inventar un juego nuevo y jugarlo con mis sobrinos
-       probar una textura nueva de comida
-       hablar de un tema que nunca hablé en mi vida
-       hacer algo espontaneo que nunca haya hecho
-       escribir en mi blog cuando esté feliz
-       decirle a mis hermanos que los quiero frente a frente
-       correr un riesgo en el trabajo
-       pararme en un escenario a los treinta y tres
-       dejar de fumar en serio
-       escribir un libro

En fin, lo de plantar un árbol y lo demás lo dejo para otra etapa de mi vida. No es ahora. Pero siento que la pregunta es un buen punto de partida. Y ahí me quedo. Sólo con eso. Este es un punto de partida hacia algo. Quizás sea bueno. Quizás sea malo. Quizás no sea ni lo uno ni lo otro, y tan solo sea una pregunta que alguien se hizo porque sí. Pero hoy para mí, esta pregunta es un comienzo, es un punto de partida. 

viernes, 1 de marzo de 2013

Maldito despertar


Ella se despierta como puede, con lo que le cuesta a las seis de la mañana. El despertador fue el culpable de aquella interrupción profunda y dañina. Está en una punta de la cama con lo cual no tiene que estirarse mucho para apagar ese ruido maldito que le informa que otro día empieza y hay que hacer muchas cosas para vivirlo. Se está preguntando que hace en la punta de la cama, si ella bien sabe lo mucho que disfruta de estar estirada en su cama o tirada arriba de otro ser. En el medio de la pregunta se acuerda de anoche y del ser humano que yace inmóvil a su lado. Es su amante. Pero no su amante porque ella o él tengan pareja,  sino porque eso es lo que son: Amantes de a ratos. Es una relación clandestina con ellos mismos. La mantienen oculta para el resto y también para ellos mismos, supongo. Tienen prohibido enamorarse. Prohibido decirse cosas amorosas. Prohibido sentir algo salvo cuando pasan esas pocas horas juntos de noche, enroscados por un rato, amándose como pueden. Mientras ella piensa todo esto que no quiere pensar, lo despierta. Despierta a la morsa durmiente que ronca, bruxea y respira al lado suyo. Él, frío como siempre por las mañanas. Es más amoroso despertarse con una amigo, con un sobrino, con un “sex toy” (como si supiera que se siente), que despertarse al lado de este hombre. Imagino despertándome con Rosario, la chica que limpia mi casa de vez en cuando y supongo que se debe sentir lo mismo. “Rosario, despertate”. Hasta quizás Rosario me pueda llegar  a decir un “Buen día” de compromiso más amable que este hombre. ¿Cómo se empieza un día así? Cuesta un huevo, un ovario y todos los órganos juntos, pero ella lo intenta esas mañanas.
A pesar de todos estos pesares y frialdades ella reincide. ¿Porqué? Porque juega a estar sola, quizás. Porque juega a estar con alguien de a ratos. Porque sabe que este hombre es solo un “mientras tanto”.
Pero es todo “bullshit” lo que escribo. Ella sabe bien porque reincide. Porque como toda mujer o todo hombre que quiere a otro ser de esta manera, espera aquel momento en que algo cambie y ese hombre al lado suyo se despierte, la mire con una sonrisa y le diga “Hola, hola y hola”. Pero por suerte quizás, por desgracia para los soñadores, esos momentos nunca llegan cuando la relación ya ha tomado sus propios rumbos.

domingo, 13 de enero de 2013

Desahogo


No puedo escribir. Intento pensar en alguna frase inspiradora y todo lo que se me viene a la cabeza no tiene nada que ver con frases, palabras, ni maneras de escribirlo. Se me vienen sentimientos, dolores internos, imágenes difíciles de describir ahora.  Voy a tratar de pasar en limpio algo de lo que siento. Pero está vez, como tantas otras será un sin fin de palabras unidas.
Aquí va mi intento de desahogo:
Llanto sin trabas. Amor sin momentos. Fiestas sin miradas. Noches sin descanso. Música sin alma. Brindis sin sentidos. Besos sin futuro. Celos sin razón. Lecturas sin profundidad. Viajes sin quererlos. Vacaciones sin aparecer. Comida sin gusto. Repeticiones de lo mismo. Intentos de terminar con algo y nunca poder. Intentos de empezar con algo y nunca poder. Diversión sin limites. Deseos dispersos. Búsquedas en conjunto. Amigos amados. Amigos nuevos. Amigos reencontrados. Teatro y más teatro. Ganas muchas de despertarme al lado tuyo y ser feliz ahí. Ganas muchas de viajar. Ganas muchas de respirarte. Ganas muchas de parar un poco. De reencontrarme con mis sentidos que no dejan de estar acelerados. Ganas de respirar en paz. Ganas de compartir. Ganas de entregarme. Deseos sin destinatario. Falta que no falta. Amor que no se toca, no se huele, no se gusta, no se escucha y no se siente.

jueves, 3 de enero de 2013

Hic et nunc 2013


Indecisión. Amor. Deseitos. Deseo. Somnolencia. Lágrimas. Emoción. Lectura. Aburrimiento. Cansancio. Amistad. Baile. Bebidas. Garganta. Viajes. Ganas. Cama. Charlas. Conexión. Desconexión. Diversión. Noche. Mimos. Impaciencia. Autorreflexión. Miedo. Muerte.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Maldito balance rojo



Una de las metas de este año mío fue intentar ser más simple. Con lo cual sin más preludio que estas palabras comienzo con mi balance 2012.

Lo malo

-       La enfermedad.
-       El desamor.
-       Las necesidades.
-       El ostracismo de la primera mitad del año.
-       Mis dolores de panza.
-       La desnudez de mi familia en los momentos críticos.
-       Desconectarme del arte.
-       Mi frialdad.
-       La dureza.
-       Mi falta de sueños.

Lo bueno

-       La certeza de lo inevitable.
-       La fortaleza de mi sobrina.
-       La desnudez de mi familia.
-       Mi hermana.
-       El amor efímero.
-       Bailar.
-       La música que me toca.
-       Aceptar a los otros.
-       Intentar aceptarme a mi.
-       La luna.
-       Abrirme sin prejuicios.
-       La diversión de la última parte del año.
-       El reencontrarme conmigo.
-       El llanto liberador de fin de año.


domingo, 2 de diciembre de 2012

Vuelo


Te subís a un avión. Te abrochas el cinturón. Te aseguras que esté bien abrochado. Luego pasa la azafata chequeando que lo tengas puesto. Te indican con una sonrisa que deberás hacer en caso de un accidente, despresurización o caída al mar. No le prestas mucha atención.
El avión comienza a carretear. La inercia te hace pegarte al asiento. Algunos sienten miedo, otros pánico, otros felicidad, como yo. De golpe estas volando junto con los otros pasajeros y tripulantes. Todo empieza a hacerse chiquito desde el aire. Los edificios, las calles, las luces empiezan a convertirse en una enorme maqueta puesta ahí ante tus ojos. ¿Y vos que ves? Todo lo que dejas. Los amigos, la familia, algún amor, tu casa, tu vida cotidiana. Desde lejos todo se ve distinto, siempre. Para mejor o para peor. Pero no hay duda que la distancia aclara algunas cuestiones. Desde lejos, volando, vez tu mundo como a una maqueta, vez la globalidad de tu vida dejada de lado por algunos días. Ves el cuadro completo de eso que estas dejando. Ya no estas inmerso en ese ser cotidiano que sos todos los días al despertarte. Ahora solo depende de vos que haces con eso que viste desde el cielo. Podes cerrar los ojos y dormirte para hacer el viaje más corto. Podes entrar en pánico y distraerte sintiéndote mal. O podes ver todo desde lejos y tomar nuevas decisiones con eso que estas viendo. Es, quizás, una nueva posibilidad de cambio. Es quizás un nuevo comienzo. Y ahí, cuando estas aterrizando unos días más tarde a esa maqueta que se convertirá nuevamente en tu lugar, tus edificios, tus calles, tus luces, tus amigos, tu familia, tu amor. Es ahí donde podés cambiar algo, solo si querés. Sino mantendrás todo igual, como si nunca hubieras volado. Como si nunca hubieras visto todo desde lejos. Como si nada hubiera pasado entre ese que eras antes de despegar y este que regresa ahora.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Somos cicatrices


Llega un momento en la vida en que algunas de las personas que andamos dando vueltas por ahí tenemos una revelación. Ya hemos dejado de ser personas hace tiempo y nos hemos convertido en una gran cicatriz.
Los años fueron pasando, los dolores, los errores y los fracasos se fueron acumulando en nuestro cuerpo. Fueron quedando marcas dispersas hasta que fueron tantas que un día nos convertirnos en una gran cicatriz.
Todos nos preguntamos lo mismo: ¿Algún día volveremos a ser personas? ¿Pueden desaparecer las cicatrices? ¿Volveremos a tener sensibilidad?
Todos sabemos que las heridas duelen, arden, queman. Sabemos que con el tiempo toda herida empieza a secarse, cerrarse, pero ¿nunca se cura del todo? Siempre queda esa marca como recordatorio de aquel dolor de antaño.  Será que queda ahí para que no volvamos a equivocarnos. Son los rastros que deja el aprendizaje. Pero ¿qué aprendimos?
Valientes son aquellos seres humanos que intentan acercarse a nosotros a pesar de todo.  Nos miran, se acercan y nos abrazan. Sin esperar nada a cambio de está gran cicatriz en la que nos hemos convertido.  Sin esperar que les devolvamos algo por esas caricias que ya no sentimos.
Y así estamos aquellos que dejamos de ser personas. Intentando seguir moviéndonos como si fuéramos los normales que ya no somos. Las heridas secas nos han quitado gran parte de nuestra movilidad natural. Pero sin embargo, lo seguimos intentando, miramos al frente y avanzamos.

domingo, 21 de octubre de 2012

La felicidad es silenciosa



El silencio de la felicidad como el de los órganos, es un signo de salud.”  Marc Augé

Me empieza a doler una muela. El dolor es paulatino. Va creciendo día a día. Me quejo por momentos cuando tomo algo muy frio o muy caliente. Cada vez se hace más presente la incomodidad. Es en esos días cuando recuerdo lo bien que se vive sin tener un dolor. Es ahí cuando uno comienza a hablar de las muelas, se queja, habla de ese dolor con los otros. Cuando ese dolor no existe  uno no dice frases como “Uy, que bueno, acabo de tomar un vaso de agua fría y no me duele nada.” Al bienestar físico no se lo nombra, sólo se lo vive en silencio.
Con la felicidad pasa algo parecido.  A la felicidad no se la escribe, no se la lee, no se la cuestiona, simplemente se la vive, se la disfruta.  El punto culmine de libros, películas e historias no son los momentos felices. Sino los otros. A la felicidad se la toca, se la siente, se la disfruta.
Y una vez que se esa felicidad se apaga, es cuando volvemos a escribir y a hablar de lo mal que estamos porque ella se fue.  Es en ese momento cuando todo lo frio y lo caliente nos recuerda lo bien que estábamos antes de que ese dolor apareciera.